El sacerdote que convirtió su discapacidad en capacidad de servicio

El Padre Amado García es párroco de la iglesia del Santo Sepulcro. Foto: Desde la fe/

Por Vladimir Alcántara / Desde la fe

Yo soy sacerdote por la voluntad de Dios. Él me llamó, prueba de ello es mi ordenación. Pero también creo que el hecho de que haya llamado a alguien con discapacidad a la vida sacerdotal, tiene que ver totalmente con su plan”, asegura el Pbro. Amado García, párroco de la Iglesia del Santo Sepulcro.

Su vocación la supo desde muy pequeño, pues sus diversiones consistían en jugar a celebrar Misa, bautizar o hacer procesiones, sin imaginar siquiera que para eso tenía que estudiar años en un seminario, menos aún que tendría que enfrentarse a las complicaciones de una discapacidad que hasta entonces ignoraba que se desarrollaría.

“Displasia epifisaria múltiple” fue lo que le diagnosticaron los especialistas cuando cumplió ocho años de edad. Su condición genética provocaría que se detuviera el desarrollo de los huesos.

“Los médicos desconocían en qué parte de mi cuerpo se manifestaría el mayor defecto –señala el padre Amado –; de lo que sí estaban seguros, era que se iría manifestando paulatinamente al paso de los años”.

Asegura que él no era un niño al que le entusiasmara particularmente el deporte, pero a los 15 años aún podía caminar, correr y jugar bien. Fue al concluir la secundaria que empezó a darse cuenta de que ya caminaba distinto, y al paso de los años fue percibiendo sus movimientos más limitados.

Así comenzó a sentir que estaba en riesgo su gran sueño: servir a Dios desde el ministerio sacerdotal, debido a algunos planteamientos del Derecho Canónico.

Sortear las barreras, lo primero

El padre Amado explica que el Derecho Canónico es muy escueto en lo que plantea sobre el orden sacerdotal para personas con discapacidad, y en gran medida esto se deja a criterio de los obispos, lo cual para el aspirante significa seguir adelante sin garantías de que vaya a ser ordenado: si el obispo se preocupa por valorar la discapacidad, puede dar su aprobación; pero si ni siquiera intenta conocerla, es probable que se rehúse a la ordenación. “Sin embargo, sobre la voluntad humana está la de Dios”.

El presbítero es originario de Puebla, por lo que pudo haber realizado su proceso en la Arquidiócesis poblana. “Pero en mis tiempos de seminarista aún no se ponía mucha atención al tema de la discriminación; la mentalidad en el estado era distinta a la de hoy, y el título de “progresiva” que tenía mi enfermedad pesaba mucho”.

Por esa razón, se trasladó a la Arquidiócesis de México, pues consideraba que en la capital, la gente tenía una mentalidad mucho más abierta. Y fue así como, hace ocho años, finalmente pudo cumplir su anhelo de ser sacerdote, ministerio en el que se ha desempeñado como vicario en las parroquias de San Matías Apóstol, Iztacalco, y San Felipe de Jesús, Álvaro Obregón; también en la Catedral Metropolitana y actualmente como párroco en la Iglesia del Santo Sepulcro.

El padre Amado piensa que el que haber sido llamado a la vida sacerdotal teniendo discapacidad forma parte del plan de Dios. Foto: Ricardo Sánchez

La discapacidad a la luz de Cristo

Para el padre Amado, en lugar de que las estructuras sociales evalúen si las personas son aptas para ejercer determinadas funciones, lo que deben hacer es crear los entornos necesarios para que puedan ejercerlas.

“Así que, en los lugares en que Él me va colocando, trato de ver mi discapacidad hilada a su proyecto. Y puedo decir que, en mi labor como sacerdote, tengo a su servicio un extra que dar: mis limitaciones, las realidades a las que me enfrenta mi condición, que muchas veces no son fáciles”.

El padre Amado asegura que, gracias a su discapacidad, es muy sensible al dolor, y la gente lo percibe así, de manera que hay muchas personas que se le acercan para contarle sus sufrimientos. “Y un comentario muy recurrente que me hacen es: ‘Yo sabía que usted me iba a comprender’”.

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Mensaje del Papa Francisco

Mensaje para la jornada mundial de las misiones 2020 en el contexto de los sufrimientos causados por el covid-19.

«En este año, marcado por los sufrimientos y desafíos causados por la pandemia del covid-19, [el] camino misionero de toda la Iglesia continúa a la luz de la palabra que encontramos en el relato de la vocación del profeta Isaías: «Aquí estoy, mándame» (Is 6,8). Es la respuesta siempre nueva a la pregunta del Señor: ¿A quién enviaré?» (ibíd.).

Esta llamada viene del corazón de Dios, de su misericordia que interpela tanto a la Iglesia como a la humanidad en la actual crisis mundial.

Papa Francisco.

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